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En la historia humana la norma ha sido simplificar
los ecosistemas: alterarlos de manera que haya en ellos menos
especies vivas constitutivas y, concordantemente, que las relaciones
internas sean menos numerosas y más sencillas y, consecuentemente,
que la energía que fluye dentro de ellos sea aprovechada
apenas por unos pocos organismos: los elegidos por la economía
humana (vacas en vez de dantas, naranjas en lugar de insectos,
árboles maderables en vez de pájaros
). Lo
extravagante es complejizar los ecosistemas: más organismos,
más relaciones, más distribución de la
energía pasando por más "compartimentos"
y, por ende, más altos niveles de equilibrio ecosistémico.
Hacer esto último es la restauración de ecosistemas,
ahora tan necesaria como lo es y lo seguirá siendo para
la supervivencia humana la sempiterna explotación de
ellos.
Ante el familiar panorama de ecosistemas devastados por la explotación
humana se suele hacer lo siguiente: (1) nada, (2) aplicar tecnologías
de mayor productividad aunque no más amigables con el
ambiente, (3) introducir tecnologías menos predatorias
que permitan mantener el estadio de madurez ecosistémico
requerido para continuar su explotación sin rendimientos
decrecientes o (4) restaurar el medio ecosistémico. Cuando
se opta por esto último se está -en términos
gruesos- ante dos alternativas: dejar el ecosistema a la mano
de Dios -y no de los agentes económicos, aunque sí
puede ser con alguna vigilancia técnica- o desplegar
un programa de acción para la rehabilitación del
ecosistema: o sea, cesar o hacer sobradamente sostenible la
explotación de él, reforzando su natural tendencia
al reequilibrio (a la recuperación de su "ruta"
de sucesión ecológica) mediante la disminución
o eliminación de especies invasoras u oportunistas y
la reintroducción o aumento de otras originales y mediante
"obras" en el terreno cuyo fin es el reestablecimiento
de las redes de relaciones y flujos de energía propios
de la estructura original del ecosistema.
Afortunadamente, cada día es menos raro -aunque aún
se está muy lejos de lo requerido- el emprendimiento
de acciones sistemáticas de restauración de medios
naturales: de ecosistemas fluviales urbanos o semiurbanos, de
ecosistemas marinos sobreexplotados por la pesquería,
de humedales costeros muy contaminados y saqueados, de ecosistemas
urbanos creados y desarrollados en función exclusiva
de las necesidades del crecimiento industrial
también
de restauración de la capa de ozono, del equilibrio atmosférico,
etcétera. Con eso se procura recuperar recursos naturales
y, más allá de ello, recuperar un orden perdido,
un orden que cada vez más se siente y conceptúa
como obedeciente a las leyes naturales y no a las humanas. En
un giro autocrítico respecto del homocentrismo, pues,
empezamos a actuar de acuerdo al principio de que las actividades
humanas deben, si no "estructuralmente" derivar del
orden de la naturaleza, sí por lo menos adaptarse a las
leyes de lo natural, porque de lo contrario
habrá
que hacer gigantescas erogaciones dinerarias o enfrentar la
catástrofe.
La restauración ecosistémica no es un parche ni
una cirugía plástica ni una imposición
que se le hace al ecosistema, sino que es la recuperación
del estadio de madurez del que fue arrancado para explotarlo.
El ánimo ambientalista de restauración es como
un dictado homeostático para la recuperación del
equilibrio de la naturaleza, como un mandato teleológico
surgido del mismo sistema de la naturaleza, como un llamado
de la selva.
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