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En esta edición abordamos dos asuntos de
animales que, siendo distintos, se conectan. Uno es el del maltrato
infligido a las mascotas de siempre -perros y gatos-, respecto del
cual, recientemente, el gobierno decretó un Reglamento para
la reproducción y tenencia responsable de animales de compañía,
y el otro asunto es el de la extracción de animales silvestres
de su medio natural mascotizándolos y haciendo de su vida
un calvario -si la expresión cabe. Respecto de esto el gobierno
también ha dictado hace poco lo que viene a ser un reglamento
a la Ley de Vida Silvestre. De fecha no lejana, y asimismo grata,
es la prohibición gubernamental de usar animales en espectáculos
circenses. Se está conformando el consenso acerca de que
haciendo sufrir inmerecidamente a los animales que domesticó
hace milenios y aherrojando criaturas silvestres la sociedad humana
se envilece y, por añadidura, pone en riesgo su seguridad
e higiene.
Entre arruinar la vida de un animal doméstico a punta de
malos tratos o la de uno silvestre mascotizándolo a golpe
de rudezas, y depredar un medio ecosistémico con fines económicos,
hay una diferencia más que sutil. La magnitud del daño
a la naturaleza probablemente sea mayor cuando por el imperativo
del crecimiento económico se arrasa un bosque o se intoxica
con plaguicidas un suelo, que cuando se enjaula pichones de lora
o se flagela chuchos sarnosos. Pero mientras aquellas acciones expresan
(expresión cada vez más pervertida) la trama de la
actividad económica para la supervivencia humana, estas otras
acciones contra individuos animales se enmarcan en una relación
procurada por el humano solo para su goce, siendo económicamente
insignificantes. Mientras éstas suponen un cara a cara con
la bestia (literal cara a cara: ojos con ojos, jadeos con jadeos)
que compromete moralmente -porque la bestia se nos asemeja-, aquéllas
forman parte de las relaciones de aprovechamiento de los recursos
naturales, o sea, de relaciones con objetos sentidos como absolutamente
desemejantes (así los vive el agente económico de
la sociedad moderna). A partir de esta diferencia se explica que
a muchos nos atormente hasta el llanto el maltrato a los animales
milenariamente domesticados y la domesticación y sufrimiento
de los aún silvestres, pero que no nos mueva a similares
dolor y tristeza la vieja expoliación cotidiana de la naturaleza.
Y la actitud ante los animales de granja, que es de un desapasionamiento
cercano al que se tiene ante las actividades productivas predatorias
de la naturaleza, nos muestra que el amor por los animales decrece
conforme crece su funcionalidad económica (¿quién
llora por las multitudes de gallinas encerradas y martirizadas de
por vida?). En la actitud ante los animales de trabajo vemos, pues,
debatirse (a) el amor por los animales individualizados, mascotizados,
con (b) el desafecto por los elementos de la naturaleza que constituyen
recursos naturales. Tal actitud ante los animales integrados al
proceso productivo ocupa un lugar más o menos intermedio
en el trayecto existente entre las otras dos actitudes y demuestra
que la economía (moderna) nos distancia emocionalmente de
la naturaleza (nos enajena, nos hace afectivamente ajenos a ella).
Afortunadamente, con el movimiento ambientalista nos encontramos
recorriendo el camino contrario. Aunque el amor por los animales
mascotizados es aún mucho más álgido que el
experimentado por animales no individualizados, plantas, microorganismos,
suelos, cursos de agua, elementos climáticos, etcétera,
con el movimiento ambientalista nos movilizamos hacia la pasión
por todo: ecosistemas, paisajes geográficos, biosfera
con los pueblos y culturas en ellos contenidos, en defensa de sus
respectivas especificidades, de sus ciclos propios y acompasados
de desarrollo y sus modos de integración. La vehemente defensa
actual de los animales mascotizados se ensambla cada vez más
con la defensa del ambiente, le brinda a ésta energía
y un modelo, y la defensa del ambiente le permite a la defensa de
los animales confluir en el movimiento mayor de defensa de la biosfera.
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